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Diario de un aeronáutico

I

Era un día cualquiera en el intervalo cerrado y acotado delimitado por el primer y el último día de clase del primer semestre. El despertador sonaba con periodo constante., pero una campo atractivo que parecía infinito me mantenía con una normal mayor que cero sobre las sábanas.

Sin duda pesaban sobre mí los efectos del día (n-1). Cada vez me parecía menos congruente salir con mis semejantes en busca de la aplicación biyectiva que me hiciera corresponder mi imagen en el espacio vectorial femenino. Pese a que invertía en ello considerables esfuerzos, el trabajo resultante siempre era cero. Debía ser que pertenecía al núcleo de f sin saberlo... Pero aún no había sido capaz de demostrarlo.

Para todo x perteneciente al resto del mundo es tan fácil hallar su f(x) correspondiente...! Todos parecen contentarse con aproximarse a la tangente de dos theta, tender asintóticamente al seno. Sin embargo, mis desarrollos de conversación con ellas nunca superaban el primer grado, yo siempre era reducido a un infinitésimo tan rápido como uno partido de ene factorial.

Por fin, y con una gran impulsión, conseguí abandonar la cama en el instante t. Era el principio de una mañana de utilidad marginal infinitesimal, pero si no me levantaba ese infinitésimo tendría un orden todavía mayor, así que decidí prepararme un épsilon de café y afrontar la sucesión de problemas que la jornada deparaba. Mi renta disponible amenazaba con abandonar el cuerpo de los números reales, adentrándose en el campo imaginario. Mi voluntad de ponerme a estudiar parecía no estar definida en este tramo de t, cualquier otro punto de energía potencial era prácticamente inalcanzable a menos que una fuerza externa me sacase de este indeseable equilibrio. Todo esto implicaba que las cosas no marchaban bien, demostré sin esfuerzo -por reducción al absurdo- que para todo intento de hacer algo de provecho existiría algún agente externo que lo impidiera. Un exceso de variables exógenas nublaron mi hipótesis inicial.

Miré por la ventana... Sin duda había un mundo caótico ahí afuera, carente de toda linealidad. "Si me resulta tan complicado a mí, cuánto más no le resultará a toda persona distinta de mí, que ignore las matemáticas y la física que rigen la naturaleza". Existirá un n sub cero a partir del cual todo día será mejor.

II

Mi psicólogo ya me lo dijo, "debes aprender a autovalorarte". Un flashback de aquellas tutorías de álgebra lineal me hizo comprender por fin. Debía determinarme -restándome antes lambda veces la identidad- y hacer frente a mis problemas, seguro que una vez diagonalizados todo parecería más sencillo. Incluso trivial.

Cientos de ideas describían órbitas keplerianas alrededor de mi cabeza en los difíciles días de febrero. Recuerdo que un día, mientras me comía un cilindro de paraboloides hiperbólicos sabor paprika al subir las escaleras, tropecé y rodé con deslizamiento con la dirección inicial y sentido opuesto. Todos se rieron de mí, un demonio se apareció a menos pi medios radianes de mí diciendo "¡acaba con ellos!", y un ángel a pi medios me suplicaba paciencia. Y fue entonces cuando la vi.

Una observadora no inercial medía mi posición a 10+-0,5m de distancia, los vectores de nuestras miradas coincidieron instantáneamente, y el mundo se detuvo. Pude comprobar la dilatación del tiempo, se acortó la distancia que nos separaba y en aquel diferencial de t todo tenía sentido: Los alumnos de primero aprobaban los parciales, Sanmartín aprendió a desplegar amarras, en el CERN se descubría un gravitón, aquel treintañero terminaba su proyecto, los mercados alcanzaban su equilibrio y alguien hallaba la primitiva de la campana de Gauss.

Por Burgos que era bella, de una belleza fractal. Cuanto más la examinaba, más compleja y perfecta me parecía, y hallaba nuevos detalles en ese aerodinámico fuselaje que no admitía errores, digno del mejor equipo de EADS. Su magnetismo me hacía vibrar con oscilaciones forzadas, noté que comenzaron a coincidir con mi frecuencia propia y pronto empecé a autoexcitarme de manera violenta. No había damping capaz de frenar de frenar aquella situación.

Imaginé que formábamos los dos un sólo sistema exotérmico, unidos por una ecuación de ligadura, imaginé que disipábamos energía mediante un insistente rozamiento, que cientos de wattios emanaban de nuestros cuerpos. Imaginé que los dos viajábamos en un móvil con movimiento rectilíneo uniforme y nos contábamos anécdotas sobre Cauchy, y desperté.

- ¿Sabes? -fueron mis primeras palabras-. Yo sé por qué llamaron así al número pi...

Recuerdo la sonrisa eterna con la que clavó sus ojos en mí, y supe que nada volvería a ser igual.

 
 
Enviado por Pablo Villalba.
 
 
 
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Epsilones. Página + o - matemática de Alberto. Correo: alberto@epsilones.com. En la red desde el 4-7-2002 (ya hace). Última actualización: ver Novedades.
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